
Entrevistas cubanas. Historias de una nación dividida.
Felipe Arocena
(El siguiente texto es una selección de mi libro, en co-autoría con William Noland, fotos, publicado por McFarland, Jefferson, USA, 2004)
1. CUBA. CUANDO LA TRANSICIÓN LLAMA A LA PUERTA
Con sus errores y aciertos la revolución ha hecho de Cuba un país singular entre los latinoamericanos. La infraestructura básica en materia de educación, salud y subsistencia económica, sumada a la privilegiada situación geográfica, permiten pensar en la enorme potencialidad del país. Sin embargo, las conquistas parecen estar en un proceso de deterioro acelerado; no sólo ni principalmente por el fin de la ayuda soviética o el bloqueo, sino por la ausencia de renovación y apertura interna. La mejor y única forma de defender las conquistas de la revolución hoy es la transición.
En mi primer día habanero en 1998 procuré conseguir lo que cualquier extranjero necesita al pisar suelo ajeno: dinero local. Luego de caminar casi veinte cuadras ubiqué la famosa caseta donde varias personas me informaron que se cambiaban divisas. En una plaza situada en la zona de influencia del hotel Habana Libre, donde el movimiento turístico es muy intenso, cambié mis primeros y únicos 20 dólares a razón de 18 pesos cubanos por dólar. No es que llevara apenas esa suma de dinero, es que pronto me di cuenta de que la moneda local no servía para nada. Terminé usándola solamente para las propinas y para comprar algunas revistas en la UNEAC (la Unión de Escritores y Artistas), que sorpresivamente me vendieron en pesos, aun cuando me habían informado que a los turistas se las cobraban en dólares. La economía entera de Cuba está dolarizada y los propios ciudadanos cuando sacan su billetera para pagar tienen mayoritariamente plata estadounidense. Todo se cotiza en dólares, desde los precios en las específicas TRD (Tiendas de Recaudación de Divisas), que son pequeños supermercados estatales con muchos productos importados, hasta los precios de los alimentos en los mercados, tarifados en pesos pero pagados con verdes.
Querer comprar un paquete de cigarrillos o de galletitas en La Habana puede ser una experiencia complicada si no se está dentro de alguno de los cinturones turísticos y no se conoce la ciudad. Se puede caminar demasiado rato sin encontrar un solo comercio o pequeño quiosco señalizado. La ausencia de comercios, el escaso parque de automóviles, la mayoría antiguos, las ruinas de la ciudad y la proliferación de consignas comunistas pintadas por doquier en las paredes producen un efecto singular en el extranjero. Tal vez de los más llamativos sea la sensación de un tiempo detenido. O mejor, de varios tiempos sucesivamente suspendidos. Las ruinas coloniales hablan de la indiferencia de un período prerrevolucionario signado por el desarrollo de las modas norteamericanas. Las ruinas modernistas junto con alguno de los carteles que se mantienen en pie publicitando un producto añejo son signos del desprecio de la revolución por su pasado inmediatamente anterior, con el que cortó radical y violentamente. Los desechos de las construcciones soviéticas transportan al caminante hacia un nuevo tiempo también abortado abruptamente. Las consignas revolucionarias que tapizan la ciudad confunden el presente, que aparece congelado y fusionado con el momento de la entrada triunfal del movimiento guerrillero en La Habana los primeros días de 1959. Por su parte, los nuevos emprendimientos hoteleros gritan la confusión de todos estos tiempos detenidos que se intersectan con la globalización y las nuevas masas de turistas que están llegando con la velocidad del rayo. Todavía nadie sabe qué sucederá en esta nueva época. ¿Será otra vez más un tiempo abortado que se superpondrá a los anteriores? ¿Quedarán los nuevos complejos Meliá o Meditarranée como los símbolos hegemónicos de los próximos años? ¿O Cuba podrá reconciliar toda esta mescolanza de códigos y sentidos contradictorios, de aperturas y controles, sin desgarrarse fulminantemente? Son demasiados los desafíos para que puedan ser procesados de forma centralizada por la red de instituciones estatales y partidarias, aunque éstas estén fuertes. Un grafitti decía: "en Cuba no habrá transición". Es verdad que expresa lo que la histor+ia de sus últimos cien años ha sido: una sucesión de cortes abruptos y refundaciones desde la guerra contra España. Algunos hablan de una transición que se estaría procesando dentro del propio Partido Comunista de forma sui géneris y con un estilo propio cubano. Falso, hasta ahora no se percibe ningún cambio que indique un mínimo de apertura política desde el propio partido.
Hoy parece, sin embargo, a pesar de la consigna y de la historia, que un período de transición en el que se vayan intersectando instituciones del régimen comunista con elementos de las democracias liberales y de una economía de mercado sería el único camino razonable, aunque no del todo probable. La caída abrupta del Partido Comunista, tanto como su encerramiento, pueden tener efectos devastadores. Lo primero produciría el descontrol y transformaría a Cuba velozmente en un apéndice de Miami (y Cuba es infinitamente más bonita que Miami), o en un gran preservativo del turismo internacional: úsela y tírela. Lo segundo solamente se lograría a base de más represión, porque la fecha de vencimiento de la ideología de la revolución caducó; fue buena durante un período pero lamentablemente ha sido sofocada por falta de aire renovado.
Cuba, no obstante, está transformándose rápidamente en otros aspectos, y el interés por esos cambios es cada vez más intenso fuera del país y en particular en los Estados Unidos. Debido a la crisis económica luego de la caída de la Unión Soviética, la solución fue abrir las fronteras al turismo internacional y al capital extranjero para que invirtiera en la infraestructura necesaria para acomodarlo. Así, en pocos años las principales ciudades fueron adquiriendo nueva cara. En La Habana y en buena parte de la costa han crecido hoteles como hongos. En uno de sus barrios, donde en 1998 sobresalía sola la embajada rusa, ahora hay una serie de modernísimos hoteles. La capital también está bastante más cuidada, no sólo por la formidable restauración del casco colonial, que ha sido declarado patrimonio cultural de la humanidad y continúa mejorando, sino por la restauración y el reciclaje de casas particulares. En Santiago de Cuba se ha construido el nuevo orgullo de la ciudad que se llama Santiago-Meliá. El parque automotor también se moderniza y los automóviles europeos y de origen asiático, que tan sólo cuatro años atrás eran una rareza, hoy se ven circular entremezclados con los viejos autos norteamericanos de la década del cincuenta. El ambiente urbano muta rápidamente y lo antiguo comienza a convivir con un tiempo presente, pero todavía uno de los mayores encantos del país es encontrarse con el tiempo detenido. El de los viejos colachatas Chevrolet que hoy son ya piezas de museo en el resto del mundo, el de las casonas del siglo pasado y sus galerías, balcones y rejas, el de la luz tenue de las calles nocturnas y solitarias, el de los murmullos que salen de las casas buscando la vereda o la plaza, el del mercado bullicioso escudriñado por las amas de casa para encontrar el mejor pedazo de cerdo o las papas de superficie más pareja para hornear.
Actualmente entran alrededor de un millón y medio de turistas al año y se estima que esa cifra pueda alcanzar los dos millones en breve plazo. Una de las más famosas metas incumplidas de la revolución, la cosecha de diez millones de toneladas de azúcar, ahora aparece transmutada en el objetivo de atraer dos millones de turistas. En un país tan chico eso se nota mucho: hay turistas por todas partes y ofertas variadas para ellos. Hay un turismo sexual explosivo, tanto de hombres que van a buscar mujeres como de mujeres que procuran hombres. También aumenta el turismo homosexual. Hay un turismo de confort de sol y playa para el que se elaboran cada vez más ofertas que trasladan a los turistas directamente hacia los cayos, de manera que no tengan que pasar por las ciudades y contaminen ideológicamente a los ciudadanos locales. Y hay también un turismo que se alimenta de la exuberante cultura cubana en materia musical, arquitectónica, culinaria, revolucionaria, y de la simple simpatía y calor humano del cubano. Pocos años atrás los hoteles eran construidos con capitales estatales y explotados por sectores de las fuerzas armadas, luego se formaron empresas mixtas con capitales básicamente españoles y cubanos y ahora ya se encuentran emprendimientos totalmente extranjeros.
Cuba es efectivamente una caja de sorpresas. A la hubrys típica de los países tropicales se le suma el ingenio de las múltiples estrategias de supervivencia de su población y de sus instituciones para combatir la pobreza y la falta de recursos, las absurdas tácticas del Partido Comunista para mantener el control sobre los ciudadanos, y una burocracia kafkiana. A su sincretismo racial y cultural, que resultó tan positivo como en Brasil, se le superpone un proyecto de sociedad revolucionaria congelado y una población sobreeducada que no encuentra qué hacer profesionalmente. Hay algo único y misterioso en la sociedad cubana que les permite a sus habitantes vivir una tragedia con los códigos de una comedia. El cubano no deja de reírse de sí mismo y, como en la película Guantanamera, el cadáver de una anciana blanca puede aparecer sorpresivamente transmutado en el de un hombre de color negro. Por ejemplo, un chiste que se escucha en el país dice así:
—¿Qué te gustaría ser si volvieras a nacer? —le pregunta el tío a Juancito, su sobrino cubano.
—Extranjero —le responde.
En una de mis llegadas al aeropuerto principal de La Habana debía tomar una conexión para seguir en un vuelo doméstico de Aerocaribbean hacia Santiago de Cuba, que partía desde otra terminal aérea. Me tomé un taxi hasta el aeropuerto número tres y una vez adentro me indicaron que ésa no era la terminal de Aerocaribbean, que debía trasladarme otra vez a la número cinco, que también quedaba lejos y hasta donde no había manera de llegar porque era demasiado temprano en la mañana y no había ómnibus. Mi taxi ya se había marchado de vuelta y tampoco había otros esperando. Faltaba media hora para la partida hacia Santiago de Cuba, estaba en una terminal aérea equivocada desde la que no se podía llegar a pie a la correcta y no había transporte. Una situación aparentemente sin salida. Entonces un funcionario del aeropuerto me dijo que si yo me animaba a montarme en una moto alguien podría trasladarme. Le contesté que sí, que adelante. Llamó a otro trabajador del aeropuerto, de unos cincuenta años, prolijamente uniformado con camisa amarilla, pantalón y corbata marrones, y le explicó la situación.
—Oye, chico, ¿te animas a subirte a mi moto? —me preguntó.
—Sí — le dije —qué otro remedio tengo.
Caminamos juntos al estacionamiento y Julián le quitó un forro de nailon negro a su vieja motocicleta soviética marca Minsk color violeta oscuro. Atamos mi bolso a la parrilla trasera y acto seguido me vi viajando en esta cafetera enorme conducida por su dueño entre las calles de La Habana a las siete y media de la mañana en medio de la gente que se dirigía a su trabajo. Llegamos a tiempo y pude, finalmente, abordar mi vuelo para Santiago. En ninguna otra ciudad del mundo tuve un aterrizaje más divertido y exótico.
En otra ocasión un arquitecto de nombre Fernando que trabaja para la alcaldía de Santiago nos invitó a cenar a su casa. Una vivienda modestísima de dos dormitorios situada en la periferia de la ciudad y construida de bloques, del mismo tipo de las que uno encuentra en las favelas de Río de Janeiro. Mientras conversábamos y bebíamos oímos unos gritos de animal provenientes de la cocina. Ante nuestra sorpresa, Fernando nos invitó a pasar y nos mostró dos cerdos que criaba en un piletón de la cocina.
—Para el próximo fin de año —nos contó con una sonrisa de oreja a oreja—; con lo que gano de salario no me daría si no para nada.
Pasamos una magnífica velada entre ron, frijoles, banana frita y los permanentes comentarios de los cerdos desde el otro lado de la pared. Cuba tiene esas cosas surrealistas y las situaciones más problemáticas se atenúan con humor y sonrisas. Tenía razón Alejo Carpentier: el surrealismo es parte de la realidad cubana y no una moda importada de Europa.
SOBRAN VEINTE AÑOS DE REVOLUCIÓN. Hace veinte años todavía podía ser comprensible escuchar a Fidel Castro decir "dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada". Podía ser entendible en un contexto de consolidación del extraordinario cambio que llevaba adelante la sociedad cubana. Podía justificarse por la prioridad que requería el desarrollo de los nuevos sistemas educativo, sanitario, económico y defensivo que se habían planificado. Era razonable en un escenario de agresión internacional y contrarevolucionario propiciado por los Estados Unidos y los cubanos de Miami. Cuarenta años después del triunfo revolucionario ya no suena ni sensato, ni comprensible, ni justificado. No obstante, sigue vigente.
Esa vieja idea todavía parece sintetizar lo que sucede actualmente en Cuba. Aquellas personas que expresan el apoyo incondicional al partido, al estado y a Castro, que es la síntesis de los dos primeros, conforman una verdadera sociedad dominante dentro de la sociedad cubana. A los trabajadores ejemplares que cumplen con los compromisos políticos de sus lugares de trabajo se los incentiva con el acceso a pequeñas cuotas de bienes de consumo: algún electrodoméstico a bajo costo, el acceso a vehículos, vacaciones u otras regalías. A los dirigentes que ocupan puestos de jerarquía se les otorgan prebendas mayores, habiéndose conformado una elite político-partidaria con un nivel de vida muy por encima del cubano medio. No tanto por las fortunas personales que puedan crear, que son irrisorias en comparación con las de cualquier otro país, sino por el sistema de prebendas al que acceden: autos, casas, viajes, vacaciones, libre circulación a lugares prohibidos para los cubanos en general y adquisición de bienes a precios muy bajos en moneda cubana.
En la otra sociedad cubana, en la que está desligada del partido, en la que está saturada del mismo mensaje que se repite desde hace demasiado tiempo, es donde se escuchan las críticas y las reflexiones más ricas, aunque siempre en forma privada, nunca públicamente. Pero tal vez lo más interesante de todo es que las críticas que se oyen no son avaras en reconocer los muchos logros de la propia revolución. Es infrecuente hablar con un cubano que no tenga conciencia de las cosas positivas que se han conquistado, o no sienta orgullo de los avances sociales, científicos y deportivos. La mayoría tiene además mucha autoestima por la capacidad heroica de resistencia ante los Estados Unidos. No obstante, simplemente se dan cuenta de que no se puede seguir pensando de la misma manera durante cuatro décadas seguidas. Que no se puede hipotecar la profesión, la juventud, o el deseo de un nivel de vida decoroso medido con patrones internacionales, en pos de un sacrificio justificado siempre por las mismas consignas que se repiten desde antes que muchos nacieran. Están saturados de escuchar sobre los bajos índices de mortalidad infantil cuando para poder conseguir algunos dólares deben arriesgarse con las autoridades y trabajar mucho más de lo necesario.
Para ellos es hora de cambiar, aunque no vean la posibilidad a corto plazo. Por eso es que muchos, aquellos que piensan que dejar de lado su barrio, sus amigos, sus familiares y su ciudad son costos altísimos pero menores de los que están viviendo actualmente, desean irse. Cuando oyen decir a Castro que "Cuba es el país más libre del mundo" o que "todas las playas fueron liberadas y todos los lugares de recreación, sin excepción alguna, fueron para todos los ciudadanos", o que Cuba "ha venido a convertirse en una especie de vocero de los oprimidos y explotados del mundo, de la conciencia del mundo, vocero de la verdad del mundo" (discurso de clausura del Primer Encuentro Nacional de Presidentes de las Cooperativas de Crédito y Servicio, 3-6-98), simplemente se encogen de hombros. Algunos se acuerdan de cuando quisieron pasar la noche en el Hotel Nacional y no los dejaron entrar porque... eran cubanos; otros recuerdan cuando hace veinte años sí iban a Varadero, pero ya no tienen dinero para hacerlo. No encontré, sin embargo, desprecio o falta de respeto hacia su figura. "El viejo" o sencillamente "él", como se refiere este sector de cubanos a Castro sin necesidad de mencionar su nombre y sin riesgo de que el interlocutor pueda pensar en otra persona, es una figura que merece consideración y admiración. Aceptan su rol histórico, entienden y valoran lo que ha hecho por el país, pero lo ven como a una especie de abuelo testarudo que no cambiará más aunque debería haber pasado hace tiempo a cuarteles de invierno. Saben perfectamente que nunca lo hará. Ésa es la sencilla e inmensa diferencia entre Fidel y el Che. A uno la vida y los errores cometidos lo retiraron a tiempo, tal vez demasiado pronto. Al otro el tiempo ya le ha limado hasta las virtudes de sus victorias. Es, como muchos cubanos y no cubanos sienten, un desencanto más que cargan en la mochila para cruzar la frontera al nuevo siglo.
UNA NACIÓN DIVIDIDA. En Cuba viven once millones de cubanos y se estima que dos millones han emigrado. La quinta parte del pueblo cubano vive fuera de la isla. Particularmente en Miami viven aproximadamente un millón de cubanos nacidos en su país, proporción que sería bastante mayor si le sumáramos la descendencia de los exiliados, porque estimaciones recientes indican que hoy uno de cada cuatro integrantes de la comunidad cubana en los Estados Unidos ha nacido allí. La enorme mayoría de éstos se ha instalado en el área metropolitana de Miami, en los barrios de La Pequeña Habana, Hialeah, Miami Beach, Kendall o Coral Gables; otros se han asentado más al norte, en Nueva Jersey. Miami se ha transformado así en un verdadero enclave étnico cubano y en una ciudad bilingüe. La emigración cubana ha variado mucho a lo largo de los cuarenta años desde el triunfo de la revolución. Los primeros en llegar en masa fueron los exiliados políticos que discreparon con la impronta comunista del gobierno, luego llegaron en 1980 los emigrados llamados marielitos, con un perfil socioeconómico mucho más bajo y un interés político también decreciente. Otro pico en el aluvión de emigrantes se registró durante 1993-4, la época más dura de la crisis luego de la caída de la Unión Soviética y al mismo tiempo el momento en que se flexibilizaron los acuerdos migratorios entre los dos países en 1994. Finalmente está la emigración más dispersa en el tiempo de las últimas décadas, cuyo objetivo principal es simplemente tener un mejor nivel de vida que les permita respirar con un poco más de calma y libertad. Las historias de los famosos balseros ponen la piel de gallina. Personas que se largaron al mar en llantas de camión o de tractor utilizando remos improvisados y rifándose la vida para ver si lograban arribar a la costa de Florida. Las llantas llegaron en un momento de alta del mercado a cotizarse hasta en trescientos dólares, y una lancha pequeña con varios años de antigüedad podía alcanzar varios miles, una fortuna para los precios del país. Hay incluso personas que se aventuraron al mar en tablas de windsurf y arribaron en menos de veinte horas a la costa estadounidense. Muchos encontraron su fin en la boca de los tiburones y partes de cuerpos mutilados flotaban a diario en la superficie. El mar es un verdadero cementerio de cubanos y la famosa consigna revolucionaria de “patria o muerte” parece haberse cumplido, aunque de manera macabra, para miles y miles que prefirieron el riesgo y encontraron la muerte en el Caribe antes que vivir sin libertad. El último caso más famoso fue el del niño Elián, único sobreviviente de una balsa que zozobró y cuya madre murió ahogada, acontecimiento que tuvo un impacto tremendo en la comunidad cubana de Miami.
Estas diferentes olas migratorias se enfrentaron entre sí y disputaron conflictos internos en la comunidad cubana, pero a la larga han generado cambios positivos en la manera como se relacionan las dos partes de la nación cubana. Durante demasiado tiempo los primeros cubanos en llegar a Miami marcaron un tono de oposición feroz y radical al régimen comunista, oposición que estuvo inspirada en una ideología fuertemente conservadora y de extrema derecha. Esto llevó a demonizar a Castro y a impedir todo tipo de diálogo entre los cubanos de Miami y los cubanos de Cuba. Los primeros incluso se han negado a dialogar con cualquier no cubano que hubiese mantenido algún tipo de relación con el régimen castrista. Todo aquel que no comulgase con el fin obsesivo de destruir a Castro o no actuara de un modo acorde sufrió la marginación y la intolerancia de los cubanos politizados de Miami. Esto fue llevado a un extremo tal que llegaron a boicotear la visita de Nelson Mandela a Miami en 1990 y vetaron en 1998 la participación de la cantante brasileña Denisse Kalafe en el famoso festival de la calle 8 en el barrio de La Pequeña Habana. En el 2002 se les negaron las visas para entrar a Estados Unidos a los entrañables viejitos que integraron la banda del Buena Vista Social Club, y, si bien esto está más relacionado con la nueva guerra contra el mal de la administración Bush, también debe verse como una consecuencia directa de lo anterior. Las prácticas de la derecha cubana en Miami llegaron incluso bastante más allá, a organizar grupos terroristas con miras a una posible invasión, utilizar medios violentos para desestabilizar el gobierno cubano, o controlar toda la opinión pública en la ciudad a través de un sistema de disuasión calificado muchas veces como mafioso, que no escatimaba en los medios para poder acallar a los “disidentes”. En buena medida un espejo de lo que pasaba dentro de fronteras. Un reflejo con signo contrario.
Los cubanos de Miami viven desde hace veinte o treinta años esperando que Fidel caiga, cada año piensan que será el último y Fidel sigue uno más y uno más y uno más. El poder parece ser, además de una droga, una pócima para la longevidad. Pero como nadie es eterno todos los años se tejen rumores de que está enfermo, gravemente enfermo, o en estado casi terminal; lo mismo se ha dicho de su hermano Raúl, nombrado su sucesor como en una dinastía real medieval, quien padecería cirrosis de hígado. Demasiado se ha especulado sobre quién podría ser el sucesor una vez que los hermanos Castro queden fuera de combate: Ricardo Alarcón, Carlos Lage, Roberto Robaina (quien ya fue purgado hace unos años), Eusebio Leal, entre otros. Nadie lo sabe. Lo cierto es que muchos gatos no hacen un tigre y el carisma no se hereda ni traspasa, solamente se rutiniza perdiendo eficacia. No tengo dudas de que Cuba comunista terminará cuando Fidel se extinga física o mentalmente. No antes, ni tampoco mucho tiempo después.
2. ILLICH
Fue con él que pasamos la mayor parte del tiempo en La Habana. Illich nos condujo por toda la ciudad en su viejo auto blanco Wabir alemán del 68 con motor de dos tiempos, impulsado a base de una mezcla de gasolina con aceite como la que utilizan las motocicletas. Fue, como dicen los antropólogos, uno de nuestros informantes calificados. Illich ronda los treinta años de edad, es arquitecto recibido en la Universidad de La Habana y trabajó hasta hace unos años para el estado. Es un hombre alto, mulato de piel color café con leche, que se tomó su trabajo con nosotros con extrema responsabilidad, siempre puntual y nunca una queja por las maratónicas jornadas de dieciséis horas que le solicitábamos. En una de nuestras estadías en La Habana paramos en su casa, cuando vivía con su esposa, su hija y su suegra en un departamento confortable de tres dormitorios, bien equipado y ubicado en el barrio Nuevo Vedado. De esta manera convivimos por algunos días y compartimos su vida familiar. La suegra nos preparaba unos deliciosos desayunos con todo tipo de frutas como mangos, bananas, ananás, papayas, naranjas, puré de frijoles, huevos fritos, exquisito café expreso cubano y jugos. Allí cenamos también la langosta más rica que jamás haya degustado, su pulpa asada en la plancha y aderezada nada más que con limón, aceite de oliva, pimienta y sal. Todas estas mercaderías se las traía un proveedor informal, pues no era posible adquirirlas en los comercios oficiales. Nos cobraron dieciocho dólares diarios por alojarnos a los dos, a los que había que adicionar otros cinco para el almuerzo o cena en caso de que la quisiéramos. En otra ocasión nos alquilaron un apartamento vacío a media cuadra de su propia casa.
La institución donde Illich laboraba se quedó sin financiamiento. Él ya no tenía nada más que hacer allí y la abandonó. La razón principal para ello fue que comenzó a aburrirse de que le pagaran el salario para calentar la silla. Sin perspectivas profesionales, con toda la vida por delante y un sueldo insuficiente para comprar las patatas del mes, decidió largarse por cuenta propia. Colgó los planos y el escalímetro, consiguió esa cafetera vieja de su suegro y ahora se dedica a pasear turistas. Su tarifa diaria, trabajando desde temprano en la mañana hasta la hora que la agenda lo exija, a veces hasta la madrugada, le permite ganar lo inimaginable en su antiguo empleo. Se pierde las recompensas que el estado otorga a los buenos funcionarios pero eso no genera un gran problema, pues son pocos y demasiado zalameros los que las consiguen, piensa. Tampoco tendrá jubilación y eso sí le preocupa más.
Illich hace su nuevo trabajo con temor. Si la policía lo para en el auto, los acompañantes deben decir que son sus amigos y que sólo están paseando juntos.
—El estado te deja trabajar por cuenta propia, pero siempre es impredecible cuándo te pueden liquidar. Te permite que desarrolles alas, pero en cualquier momento te las corta. Todo tiene que ser realizado con suma cautela. Sin embargo, todas las familias tienen a alguien que trabaja ganando dólares, en negro u oficialmente —dice. El problema es que Illich compra su gasolina en el mercado negro, no paga impuestos y todos los insumos para mantener su instrumento de trabajo traqueteando son clandestinos.
—El estado te los vende mucho más caro. Cotizan en moneda nacional pero al precio del dólar. Si no tienes dólares y no sabes revolverte, las cuentas no cierran. El gobierno promueve los nuevos servicios al turista pero siempre es imprevisible.
Esto es lo que les pasa también a los paladares, restaurantes improvisados en domicilios particulares habilitados solamente a tener doce sillas. En una de sus rondas por uno de los mejores paladares de La Habana, situado en los pocos apartamentos habitables del Malecón que serpentea el Caribe, el inspector contó trece: "Es la ley", dijo a los futuros desocupados y les clausuró el local. Muchos de los paladares que funcionaban hasta hace poco tiempo y que trabajaron llenos cuando la visita del Papa fueron cerrados. Los inspectores hacen rondas todas las semanas y ahora incluso con más frecuencia. Como quedan menos y el número de inspectores es el mismo, controlan más.
La mujer de Illich, por ahora, trabaja junto a su madre, atendiendo a los extranjeros que se alojan en su propia casa. Sabe computación e inglés y a veces colabora con un escritor cubano que se dedica a escribir libros sobre Hemingway. Hacen un trabajo de primera calidad, como las comidas que preparan y sirven en el comedor de su apartamento.
—Nosotros teníamos cursos de ruso en el preuniversitario y pocos saben inglés, yo sé más ruso que inglés—comenta Illich—. Apenas pueda, me voy; si mañana me ofrecen trabajo en Estados Unidos o en cualquier otro lado, mi mujer estará mejor preparada que yo.
Si esto sucede, Armando, a quien conocimos a través de Illich, perderá otro de sus mejores amigos. Ninguno de los dos tiene la más mínima esperanza de vivir cambios importantes a corto plazo en Cuba. Éste parece ser un pronóstico extendido en las generaciones más jóvenes y urbanas que no están insertas en alguna de las estructuras del Partido. Están saturados del mismo mensaje desde décadas atrás. No solamente del mensaje, también de los controles a los que están sometidos. Una tarde salíamos del apartamento cuando una señora de mediana edad que caminaba justo en ese momento por la vereda miró con muy mala cara a Illich y le preguntó por nuestra presencia. Éste le respondió también con ostensibles gestos de hostilidad, visiblemente molesto por algo que nosotros no entendíamos. Una vez en el auto nos contó que esa señora era una de las principales del Comité de Defensa de la Revolución de esa zona y que estaba permanentemente observando a los vecinos para detectar algo irregular.
—Es una soplona y una lameculos, para lo único que vive es para enterarse qué hacen los demás y contárselo a los del partido; ella conoce que yo estoy trabajando en negro con ustedes y además sospecha también que alquilamos nuestro apartamento a extranjeros. Hasta ahora no hemos tenido problemas pero ellos saben, y yo también lo sé, que si llego a pasar algún límite usarán toda la información que han juntado contra mí y mi familia.
Volvimos a encontrarnos con Illich luego de un par de años y su historia de vida se había modificado sustancialmente. No pudo irse a Estados Unidos como hubiera deseado, pero consiguió emigrar a Bilbao, España. No le fue bien y vivió el mismo drama de muchos emigrantes cubanos, que ya ha sido el tema de una buena película de cine; al cabo de un año regresó a Cuba.
—Un amigo me consiguió un pasaporte como si fuera funcionario del Departamento de Cultura. De esa manera evité pagar los cuatrocientos dólares que te cobran por el chequeo médico para otorgarte el pasaporte, más otros doscientos de gastos. En España trabajé haciendo de pintor y de chofer de una señora mayor de edad. No tenía papeles para poder trabajar, así que todo fue en negro. Por esa razón sufrí demasiado, no tenía derechos, no podía defenderme legalmente y siempre estaba con la inseguridad de que me podría hundir al día siguiente. Todo eso afectó mi matrimonio y terminamos separándonos. En Madrid hay muchos cubanos emigrados que la pasan muy mal y son explotados y discriminados racialmente por ser mulatos. Un buen día me dije: ¿qué estoy haciendo aquí, extrañando, en una situación tan precaria como la que tenía en Cuba pero fuera de Cuba?, y preferí regresar. Pero ahora estoy incluso peor que antes de irme a España. Porque para viajar vendí mucha cosa, no tengo más el auto y no tengo trabajo. Al menos estoy entre mi gente.
—¿Y Estados Unidos? ¿Qué hay de tu idea de irte para allá? —le pregunté.
—Sigo aplicando para la lotería anual de visas; si llegara a salir sorteado no lo dudo: me voy inmediatamente hasta que las cosas cambien aquí dentro.
El último día que estuvimos con Illich cenamos en la Casa de la Amistad, en el barrio Vedado. Un lugar donde se puede conversar tranquilamente entre lujos prerrevolucionarios, porque la casa pertenecía a un millonario y se conserva intacta. Allí vivía su amante Catalina, quien contrajo una enfermedad en la piel y cuando circulaba por la casa los sirvientes debían esconderse porque a ella le disgustaba que la vieran deteriorada. Cuentan que uno de los regalos más famosos que recibió esta mujer de parte de su amante fue una rosa especialmente creada para ella por hibridación. Las paredes de la casa fueron revocadas con arenas traídas de las costas del río Nilo porque eran las únicas capaces de dar exactamente el tono ocre que a ella le gustaba. En medio de ese ambiente, al que en este caso cualquier cubano puede acceder, Illich nos contó algunos recuerdos de su infancia.
-Me acuerdo sobre todo de un año en que la cosecha de azúcar fue excelente y los precios internacionales habían subido. Todos los niños que estábamos en la escuela podíamos ir a los Centros de Defensa de la Revolución, los famosos CDR, donde nos daban tres regalos para las fiestas de fin de año. El primero era un auto o un camión grande, el segundo era una pistola o un rifle de juguete que disparaba balas y el tercero eran las canicas chinas. A todos lo mismo. También se hacían rifas de bicicletas. Mis mejores recuerdos son de esa época y entonces parecía que todo estaba bien. Íbamos a Varadero algún fin de semana con mi padre y pasábamos el día en la playa. Estos recuerdos son como manchas de color en una sábana blanca, como salpicaduras en ese fondo blanco; no son muchos, pero son buenos.
Luego de cenar tomamos un taxi y volvió a aparecer la magia cubana. Mientras nos dirigíamos a dejar a Illich en su casa, se me ocurrió preguntarle si tenía tiempo para una última cerveza de despedida. Me contestó que le gustaría, pero que a esa hora no quedaban bares o pizzerías abiertas en La Habana. Fue la clave para que el chofer del taxi ejecutara su parte, diciendo que él conocía una confitería que esa noche estaba de fiesta y permanecería abierta hasta tarde. Nos llevó hacia allá, estacionó el taxi estatal en la puerta y dijo:
—Igualmente ya a esta hora nadie anda buscando taxi, me bajo con ustedes, y terminamos los cuatro, Illich, Noland, yo y Miguel, nuestro nuevo amigo taxista, bebiendo y bailando danzón hasta la madrugada en una confitería abarrotada de vecinos de Miguel.
3. SANTIAGO DE CUBA
Santiago de Cuba es el origen. Desde aquí se planificó la colonización española de la isla y de buena parte de Centroamérica. De aquí salieron expediciones para la conquista de México y de la Florida. Aquí se inició la gesta independentista y se libraron las mayores batallas para derrotar a los españoles. Y fue ésta la región elegida por los guerrilleros que se sublevaron contra el gobierno de Batista. Aquí se produjo el primer ataque al cuartel Moncada en que Fidel Castro fue detenido en 1953. En las cercanías de su Sierra Maestra se gestó el movimiento revolucionario. Las tres grandes etapas en que se divide la historia moderna de Cuba —colonia, independencia y comunismo— se incubaron en Santiago. No es casualidad que el gran héroe nacional cubano José Martí tenga su mausoleo en esta ciudad. Santiago además atrajo nuestro interés porque queda en el extremo sur de Cuba y la influencia africana es bastante mayor que en el norte: se dice que en esta ciudad el sentimiento contrario al régimen comunista es más intenso.
Santiago tiene sus casas pintadas con colores pastel: amarillos, rosados, marrones, celestes. El color blanco estaba prohibido en la época de la colonia para pintar las fachadas porque reflejaba demasiado el sol y lastimaba los ojos. Las calles del centro viejo son extremadamente angostas para que los muros de las casas produzcan mayor volumen de sombra y den un respiro refrescante al peatón. En octubre el clima aquí es típicamente tropical y llueve casi todos los días por unas horas.
Marcelo fue uno de nuestros contactos en Santiago de Cuba. Es un hombre joven, en los 30 años de edad, de físico enjuto, piel bronceada que para los parámetros cubanos es blanca y bigote prolijamente cuidado. Vive en casa de su madre en el reparto de Vista Hermosa, en una simple y agradable residencia cuyo cuarto de recepción de visitas es un pequeño oasis de frescura sabiamente ventilado. Es parco y de pocas palabras, personalidad que le sirve para diferenciarse de su padre, con un carácter expansivo y extrovertido. Mientras nos trasladaba en su auto Lada color verde limón con vidrios ahumados o hacíamos tiempo bebiéndonos una cerveza Bucanero, nos contó parte de su historia familiar.
—Según lo que me dicen mis abuelos, tanto por parte de madre como por parte de padre, antes del tiempo de la revolución había pobreza. Pero pobreza con la que se podía vivir, porque se podía ser pobre y se podía tener un pequeño negocito, que eso daba para poder comer, para poder vivir. Es el caso de mis abuelos paternos que tenían una tienda de víveres y se dedicaban a vender alimentos. En una época mi abuelo se separa de mi abuela y entonces mi papá, que era el único varón de cuatro hermanos, tuvo que empezar a trabajar desde que tenía como seis años. Como era el hombre de familia, era el que tenía que dar el frente. Él me cuenta que tuvo que hacer muchos trabajos: de mensajero, repartía pan, hacía mandados, cargaba agua. Cuando triunfa la revolución él tendría quince años y comienza a trabajar como chofer en la universidad.
—¿Tuvo que participar en el alzamiento?
—No, no participó porque era muy joven. Le dieron la posibilidad de estudiar una carrera universitaria y trabajar a la misma vez. Trabajando y estudiando se graduó de arquitecto. Y como les ocurre a todos los profesionales aquí, tiene una profesión pero es como para subsistir, no para vivir bien. Y pienso que ésa es la característica de casi todos los profesionales que se gradúan. Hay un chiste aquí que cuenta que un par de cubanos comienzan a beber en una cantina. Entre trago y trago gastan bastante dinero pero uno no tiene efectivo en ese momento y le dice a su compañero que lo acompañe hasta su casa para darle la mitad de los veinte dólares que habían gastado. Una vez allí el dinero no aparece y quien había pagado la cuenta le pide a la esposa el dinero prometido. Ésta le responde que no tienen ni un solo dólar en la casa.
“-¿Cómo que no tienen ni un dólar? ¿Su marido no es mozo en el hotel Meliá Cohiba?...
“—Eso no es verdad, lo que pasa es que cuando él bebe inventa mucho. El es médico especializado en ingeniería genética”...
Marcelo se ríe con ganas y nosotros también; un ejemplo más de la capacidad de los cubanos para ironizar sobre sí mismos.
—¿Cuándo se afilió tu padre al Partido Comunista? —le pregunto.
—Desde muy joven. Porque él siempre fue una persona muy carismática, le gustaba mucho conversar y tenía muchos amigos.
—Eso lo constatamos…
—Fue dirigente estudiantil y ya después de graduado fue dirigente sindical. Eso él lo lleva en la sangre, lo de la comunicación, las masas, eso le gusta a él. Después que tú eres de la juventud, tú eres joven comunista, tienes un proceso de aproximadamente cuatro o cinco años y luego te hacen un aval para entrar en las filas del partido, que es como la organización superior a la que aspira todo joven comunista, su aspiración mayor es entrar a las filas del partido.
—¿Salir de la juventud comunista?
—Exacto, para entrar al partido comunista.
—¿Y él ocupó algún cargo?
—No, simplemente afiliado. Él fue director de empresa cuando trabajó en Bayamo, fue director de una empresa de planificación física en Bayamo, y aquí tiene un cargo importante: es director de una organización que tiene que ver con toda la parte del territorio, con todos los proyectos urbanísticos que se hacen en la ciudad de Santiago.
—¿Hubo divisiones en la familia? ¿ Hay alguna historia con la revolución? ¿La familia permaneció unida o se dividió?
—La mayor parte de los familiares míos por parte de madre, casi todos, se fueron del país. Porque, al contrario de mi padre, eran personas adineradas y bien acomodadas. Y entonces cuando triunfa la revolución tienen miedo de perder todo lo que tenían y se van del país.
—¿Y tu mamá?
—Mi mamá se queda con su propia madre, mi abuela. Por parte de mi abuela eran cuatro hermanas y un hermano. Todos se van junto con sus familias y mi abuela es la única que se queda en Cuba con mi mamá. Al principio de la revolución fue complicado porque aquí siempre ha habido períodos que no se ponen de acuerdo en cuanto a las relaciones de Cuba y los Estados Unidos. Al principio, que tuvieras familiares en los Estados Unidos era visto como un delito. Es decir, tú eras muy mal visto si tenías familiares en los Estados Unidos.
—¿También eras gusano?
—Sí, te consideraban casi como un gusano. Y más si tú mantenías correspondencia y si en algún momento ellos te visitaban. Eso era considerado como una deserción.
—¿Quiere decir que no tuviste prácticamente contacto con tus tías por parte de madre?
—Sí, tuvimos porque mi abuela nunca perdió el contacto. Porque como mi abuela no era una persona que estaba integrada a la revolución, es decir, no le importaba mucho el qué dirán, nunca mantuvo esa distancia y conservó el contacto con su familia fuera del país. Otras personas tuvieron ese miedo, por ejemplo, si pertenecían al partido, eso les perjudicaba. Y hasta les prohibían tener contacto, no podían exhibirse, no podían salir con ellos.
—¿Podían verse, pero no públicamente?
—No públicamente, exacto. Es el mismo proceso que ocurrió con la religión. Al comienzo la religión aquí también fue muy mal vista, ponían muchas trabas. Hasta para entrar en las universidades eran muy estrictos con las personas que tenían creencias.
—¿Tú conociste a tus tías personalmente?
—Sí. Ellas visitaron Cuba en varias oportunidades. Una de ellas, que era la más apegada a mi abuela, que todavía está viva en estos momentos, visitó como tres veces a Cuba.
—¿En un período de cuánto, de 30 años, 40 años?
—Sí, ellas se fueron en el 59, en un período de 40 años, tres veces. Y una de las veces que vino, vino con mi bisabuela. La trajo para que viera la familia que no veía hacía 30 años.
—¿Así que tienes un montón de primos hermanos allá en Estados Unidos?
—Sí.
—Porque además tuvieron varios hijos seguramente, los cubanos tienen bastantes hijos.
—Sí, todos hicieron familia. Y las relaciones siempre se han mantenido. Ahora hace poco vino una de las hermanas de mi abuela que hacía tiempo no venía, o que nunca había venido.
4. LA INDUSTRIA DEL SEXO
Cuba es un país que suda sexo por todos sus poros de forma tan natural como crece el pasto. Las mujeres son sensuales en cada paso que dan, en cómo sonríen, en ese dejo de picardía de sus miradas, en sus olores. Llevan sus cuerpos expuestos con tanta gracia que la desnudez de sus brazos, piernas, ombligos y cuellos le hace a uno pensar en el infierno de tener que soportar un invierno europeo o canadiense. Los cuerpos de los hombres morenos están torneados como estatuas de Rodin, refulgentes por el calor y la humedad y demostrando inequívocamente que la raza negra es la que ha dado los mejores exponentes físicos a la humanidad. Por la calle se escuchan “mamita, qué bonita eres”, chasquidos de lengua, silbidos, piropos de todo tipo y tenor, y los hombres quedan con tortícolis de tanto virar sus cuellos para mirar a las mujeres. El propio Illich detenía el auto diariamente en las calles de La Habana para saludar a alguna de sus queridas. El sexo es algo tan continuamente presente en el paisaje cubano que hasta la prostitución parece integrada en el ambiente como una expresión más de sus variantes. Y tal vez esto haya sido lo más difícil de entender. ¿Cómo la prostitución está tan aceptada y extendida entre la población, que no despierta censura ni reprobación? Es tomada apenas como una estrategia más de subsistencia, equivalente a la de quien puede ofrecerse para cargar una maleta por una propina, vender maní en una plaza o lustrar un par de zapatos al lado de un quiosco de periódicos. Actividades anodinas de gente que se rebusca para conseguir un peso para sobrevivir y ganar el pan.
Al recorrer en auto las miserables calles de barrios como San Pedrito o Chicharrón en Santiago de Cuba nos vimos enfrentados a situaciones para mí absolutamente novedosas. Una y otra vez familias sentadas en los porches de sus casas señalaban a alguna de las muchachas de ese hogar y nos gritaban sonriendo que las lleváramos con nosotros. Maridos ofrecían esposas, madres gritaban que sacáramos a pasear a sus hijas de la misma manera que podrían estar ofreciéndonos la venta de un queso o de maíz hervido.
—¡Llévatela, mira qué bonita! ¿No te gusta esta niña? ¡Súbela al carro! ¡Vamos, chico, ésta es la mulata más linda de Santiago!
Donde ocurre esto no son zonas rojas, son barrios humildes de gente de familia, sin turismo en los alrededores, con vecinos en cada una de las casas jugando al dominó, bebiendo limonada, escuchando boleros en la radio o hablando sobre bueyes perdidos para matar el tiempo antes del crepúsculo vespertino. Todos los cubanos están en las afueras de sus casas luego de la jornada laboral haciendo gala de una sociabilidad intensa. El sexo se ofrece así, sin tapujos, sin vergüenza y sin censura en medio de barriadas populosas.
Hay otras zonas, donde las calles están tomadas por los turistas, en las que la prostitución es más o menos como en todos lados del mundo. Por ejemplo, en los alrededores del hotel Las Américas y el Meliá en Santiago de Cuba las noches atraen a decenas de chicas en busca de clientes. Vestidas con conjuntos de lycra ajustadísmos o diminutos shorts combinados con tops, se pasean esperando que alguna presa se interese en sus cuerpos. Dos de ellas, Haile y Safir, aceptaron conversar algo acerca de su trabajo con la condición de que las invitáramos con un plato de espagueti y una soda en La Maison, una de las pocas cafeterías cercanas.
Safir tiene veinticinco años y es la mayor de las dos, muy bonita, esbelta, alta, morena y se expresa con la seguridad de quien ha aprendido a defenderse sola y a la fuerza de los golpes de la vida.
—Yo llegué recién de La Habana –dice— allí nos corrieron a todas, no quieren más jineteras en el Malecón o en la calle. Me mandaron para una casa en el medio del campo, luego me dejaron ir y decidí venirme para Santiago. Ahora el turismo se está viniendo mucho para aquí y es más fácil que en La Habana. Lo que no nos permiten es pasar caminando junto con los turistas cuando está la policía, pero nos separamos en ese momento y nos podemos juntar una cuadra más adelante. A veces se ponen de vivos y nos molestan o nos piden cosas, pero nos dejan trabajar.
—¿Y tú, de dónde eres?
—Yo soy de Haití, me bine con un tío, nunca estube en La Bana pero quiero il —contesta balbuceando Haile. Ella es una mulata muy joven, probablemente en sus dieciséis o diecisiete años de edad, mucho más bonita aún que su compañera, pero tiene enormes dificultades para hablar el castellano y se nota que su educación es muy inferior; casi no puede comer la pasta con el tenedor porque no ha aprendido los modales básicos para alimentarse, y da la impresión de ser una adolescente transplantada de la miseria a un mundo de turistas con dinero que hace poco empezó a conocer.
—Apaga el grabador —dice Safir—si no la cortamos ahora mismo, y de política nada, que no me interesa. Oye, ¿qué es lo que tú quieres con nosotras dos, conversar y conversar?, ¿a ti te pagan por conversar?, eso sí que está bueno. Al hotel no nos dejan entrar a nosotras; por más que tú nos invites nos botan para afuera en la puerta.
—Cuéntame un poco de tu vida, ¿has ido al secundario?
—Sí, claro, todo el mundo en Cuba tiene buena educación, pero es que no te sirve para vivir. Yo trabajaba en una tienda de ropa y no daba para nada, ni radio podía comprarme, la comida no alcanzaba; me cansé y empecé a trabajar con los turistas. Italianos, franceses, españoles, alemanes, ahora llegan de todos lados. A veces llegan y se pasan una semana con una chica, la llevan a la playa, a los paladares y luego se van. Que parece que las mujeres allí son aburridas, frías, no sé; les gustan las mujeres negras, las mulatas, las cubanas, las latinas como nosotras. Yo cosas raras no hago, hay algunos que pretenden que te portes como un perro, pero una tiene su dignidad y si no que se busquen otra.
Lo que dice Safir es muy fácil de comprobar. Una de las escena típicas de la calle cubana en estos tiempos es ver la pareja formada por una mujer negra y un hombre blanco y rubio, colorado como tomate por el sol caribeño, haciéndole arrumacos a la chica y sonriendo como si hubiera descubierto la vida. Simplemente patético.
—¿Y de dónde consiguen esas chicas? —le pregunto.
—No sé, de la calle, se amigan en las discotecas, a veces hay paquetes donde la agencia ya provee a las chicas para los turistas y se pasan una semana juntos. A mí no me gusta eso, me gusta trabajar por la mía —dice Safir—. Tampoco es cualquier chica, ella –se refiere a Haile- no podría hacer eso, no es lo suficientemente culta, no alcanza con ser bonita, hay que saber cómo actuar en lugares con gente con dinero porque si no, no te dejan entrar a los hoteles.
—¿Pero no era que no podían entrar a los hoteles?
—Bueno, si tú estás registrado y quieres invitarnos a tu cuarto una noche, digamos ahora, no nos van a dejar entrar contigo. Lo otro ya es de una manera diferente: o están arreglados con la agencia de turismo o se registran juntos. Pero más común es que se alquilen un apartamento particular y entonces sí no tienen ningún problema. Así en general no hay restricciones, incluso se alquilan cuartos en casas y ya dicen que aceptan que los huéspedes lleven sus chicas.
—¿No has pensado irte para Estados Unidos?
—¿Cómo? ¿De dónde saco yo los cuatrocientos dólares para pagarme el pasaporte?. Porque el gobierno dice que cualquiera puede irse, pero no es así, no cualquiera consigue ese dinero, una fortuna. Además no tengo a nadie allá que me pueda invitar y sin una invitación no puedo entrar.
-De Haití hay muchos que se quieren venir pa Cuba, a trabajal con los turista y los gringo, hay más pobreza que aquí. Invítame con un postre —dice Haile con una actitud y una mirada seductora, como si pensara que todo lo que puede conseguir debe ser intercambiado por favores sexuales y sin poder disimular sus celos ante Safir por su capacidad de comunicación. Pero ella se siente segura de su belleza, sabe que es más bonita que su amiga y trata de envolverme y llamar mi atención provocándome con su sensualidad. Creo que todavía no entiende que yo estoy entrevistándolas y su objetivo es que yo la elija a ella en vez de a su amiga para esta noche. Nos despedimos en la puerta del hotel Las Américas donde yo estaba alojado, no sin antes hacer la prueba con el portero:
—Ellas no pueden pasar —me dijo amablemente.
5. BAYAMO A SANTIAGO
En el camino de Bayamo a Santiago hay dos ingenios azucareros, el América Libre, en la ciudad de Contramaestre, y el Dos Ríos. Hicimos una parada en este último, ubicado en un pueblo en el que viven los más de dos mil empleados que tiene este central. Como en todos los ingenios, la vía del tren atraviesa su centro y en las afueras hay un movimiento intenso: carros tirados por caballos, carretillas tiradas por bicicletas, viejos y enormes tractores o cosechadoras que arrastran zorras y transportan a la gente parada suplantando el ómnibus, camiones, motos, personas conversando a la sombra de algún árbol. Los carteles con consignas revolucionarias comienzan a aparecer en la ruta mucho antes de llegar. Allí oímos también hablar un dialecto francés, probablemente el creol, influencia de la fuerte inmigración tanto de Santo Domingo como de Haití. El ingeniero químico Ángel Reyes, empleado en el central América Libre, estaba de paso en Dos Ríos y nos informó que en cada uno de estos ingenios trabajaban aproximadamente dos mil personas. Le preguntamos su opinión sobre el estado de la industria azucarera y la baja de los precios internacionales.
—Sí, el mercado internacional del azúcar está en detrimento, está muy bajo, pero ahora hay un auge en los productos de derivados de la caña, que quizás sean los que vayan a afrontar el déficit de la producción azucarera.
—¿Cuáles son los derivados?
—Los derivados pueden ser alcohol, pueden ser levaduras, y muchos componentes que se pueden obtener en la industria farmacéutica, la cera de la caña, y además se hace madera compensada con los desechos.
—¿En este momento están produciendo esos derivados en los centrales?
—En algunos, no en todos. Recientemente se inauguró una refinería muy avanzada con tecnología española allá en Cienfuegos, donde se van a obtener alcoholes de altísima calidad para la producción de ron.
—¿Hay capitales españoles que estén participando también en esa reconversión de los centrales?
—Sí, como no. España está jugando un papel fundamental en lo que es la inversión de capitales extranjeros y en lo que es la recuperación económica de Cuba. Y en esa empresa ellos también están participando, en la del alcohol.
—¿Cuál es su tarea específicamente dentro del central como ingeniero químico?
—Ahora estoy atendiendo momentáneamente La Casa del Trabajador Azucarero y una fabriquita de vinos que también tenemos montada.
—¿Cómo es la relación de la plantación de la caña de azúcar con el medio ambiente? ¿Es depredadora? ¿Cómo se logra ese equilibrio?
—No, no llega a ser depredadora porque los productos y los fertilizantes que se utilizan no son nocivos al medio ambiente; los desechos de los centrales están controlados y se utilizan en la edificación de esos mismos suelos cañeros como nutrientes.
La percepción de Reyes es bastante más optimista de lo que la situación de esta industria puede prometer. Actualmente se espera el cierre de unos setenta ingenios que intentarán ser transformados en plantas de procesamiento de alimentos y se estima que unos cien mil trabajadores sean reasignados a la producción agrícola o ganadera. La industria azucarera todavía sigue generando unos cuatrocientos millones de dólares al año, pero el estado de deterioro de las instalaciones y la falta de capital para poder modernizarlos o al menos mantener su infraestructura no auguran tiempos mejores a corto plazo.
En la zona de Contramaestre, nos dijeron, está la finca de María Antonia, una amiga personal de Fidel, a quien se le permite explotar el establecimiento en forma privada con muy buen ganado y caballos de raza, toda una excepción. Aparte de los enormes centrales de azúcar, esta región rural también está salpicada de los institutos politécnicos y sus enormes instalaciones de cemento. En esta ocasión nos detuvimos en el Instituto Ramón Ricardo Méndez Cabezón, situado en las afueras de Contramaestre y fundado en 1975. Su director, que se desempeñaba en esa función desde 1996 pero que comenzó a trabajar allí hace veinte años, nos explicó brevemente la rutina diaria de los alumnos, en este caso principalmente mujeres.
—La vida es las veinticuatro horas en la escuela. Nosotros empezamos las clases a las 7 y 30 de la mañana y se terminan a las 17 y 30 de la tarde, en dos sesiones. Los que tienen clase por la mañana, por la tarde tienen otras actividades. Y los que tienen clase por la tarde, por la mañana hacen otras actividades. Van al huerto, porque la escuela tiene un huerto, otros tienen vínculo con la fábrica de bicicletas que está en este municipio y otros van a hacer práctica a las diferentes empresas a las que están vinculados; también se trabaja para la población y se hacen algunas piezas de repuesto en el taller mecánico. En el huerto de la escuela se siembran verduras, hortalizas para mejorar la alimentación de las muchachas. Seguimos las indicaciones de la FAO, que establecen que los estudiantes consuman a diario trescientos gramos de hortalizas, y nosotros les estamos dando cuatrocientos sesenta gramos, una libra. Se les da por la mañana en el desayuno, en el almuerzo y cena y hay veces que se les da en algunas meriendas también. Por ejemplo, el pan en la merienda en vez de dárselo con mantequilla o con aceite se les da con tomate o con la verdura de estación disponible.
En el politécnico de Contramaestre no nos dejaron sacar fotos, probablemente por el deterioro en que estaba el edificio. “Fotos sólo para foto carné”, nos dijo su director, y para que realmente cumpliéramos con lo que nos había dicho nos acompañó amablemente hasta el auto.
La mayoría de los jóvenes que terminan el secundario y quieren seguir estudiando deben asistir a alguno de estos institutos preuniversitarios diseminados por el interior de todo el país. Si bien existe la posibilidad de que el estudiante que no quiera continuar hacia la etapa del campo pueda seguir escuelas de arte o de tecnología que están en la ciudad, o incluso que quien tenga alguna limitación física pueda optar por quedarse en un ambiente urbano, la mayoría de los estudiantes van al campo. Para Félix Martínez, profesor de La Habana, la etapa del campo es muy positiva en la formación del estudiante:
—Se ha demostrado —nos explica— que en lo formativo y en cuanto a la independencia, seguridad y habilidades, los muchachos y las muchachas del preuniversitario en el campo salen mejor condicionados, más preparados. Yo mismo me formé en ese sistema en la década del 70. La solidaridad y el compañerismo de ese ambiente me quitó un poco el paternalismo de la casa. Practiqué deportes, actividades culturales, tuve profesores que para mí fueron guías. Ahora, en las generaciones actuales la familia juega un rol importantísimo en cuanto a la movilización, y puede ser que opten por la vía de formar al muchacho en la ciudad, más cerca de ellos, y ésa también es una posibilidad. Porque a lo que no se le quita el derecho es a que el muchacho continúe estudiando. No obstante, la fórmula mayoritaria de continuar estudios hacia la carrera universitaria es por la vía del preuniversitario en el campo, y el ministro lo ha explicado bien.
—¿Después del estudio preuniversitario vuelven a la ciudad?
—Sí, a las universidades, que son todas urbanas. En cada provincia, o mayoritariamente en cada provincia, porque acuérdate que había seis provincias pero ahora hay catorce. Yo puedo estar en una provincia que no tenga un centro universitario en mi especialidad y entonces me traslado para otra. Gratuitamente, todas las especialidades y todo el sistema cubano desde edades tempranas hasta adulto es totalmente gratuito. Lo que vale es el talento y el conocimiento. Ahora incluso un estudiante puede quedarse en la ciudad, pero corre el riesgo de desviarse hacia otras cosas y no darle la prioridad al estudio y entonces ser un fracaso escolar. Vinculo esto, por ejemplo, con la apertura turística que está teniendo Cuba ahora, y si yo en las noches me dedico a estar en la vida urbana y no en el estudio, me perjudico. Por eso es que se la da la prioridad a los centros rurales. La vinculación con la agricultura se hace también en varias etapas. A los estudiantes más jóvenes los trasladamos al campo y pueden pasar un mes y trabajan el cítrico, trabajan hortalizas, y lo hacen bien y cumplen las normas acorde a las edades, y vuelven satisfechos por haber realizado un compromiso y un esfuerzo. Es sacrificado también para los padres porque tienen que trasladarse los fines de semana para allá, pero lo entienden porque ellos mismos pasaron por eso también y ayudan. Más bien lo toman como una cooperación porque ellos saben bien que aumentar el volumen de la producción en esta etapa es una contribución. Eso no resuelve tampoco el problema de la agricultura. El problema de la agricultura cubana es que era muy mecanizada y ahora está volviendo a fórmulas ecológicas, al uso de la fuerza de tracción animal, porque yo entiendo que en Francia, por ejemplo, actualmente los productos agrícolas cultivados con fertilizantes se venden a menor precio que los productos que se hacen con fórmulas ecológicas. En nuestro campo además hace falta mucha mano de obra porque nuestra población fundamentalmente está concentrada en zonas urbanas, como le ha pasado a toda América Latina. Entonces estos planes ayudan, amortiguan la situación, contribuyen a revertirla y poco a poco se va buscando soluciones alternativas a través de vincular el hombre a la tierra, nuevas cooperativas de producción y de servicios. Porque también la descentralización juega su papel en todo este fenómeno de reordenamiento económico.
—¿Los programas de secundaria han cambiado en los últimos años?
—Nosotros tenemos la libertad de reordenar los contenidos si cumplimos con los objetivos y fines de la educación, que son los mismos: formar una generación de comunistas para que construyan un país a partir de la independencia y la soberanía nacional. Que puedan sobreponerse al reto que representa Norteamérica a ciento ochenta kilómetros y a un mundo que es cada vez más globalizado. Todos los esfuerzos que se hacen son para que ellos sean mejores que la generación que los antecedió, con Fidel Castro y sin Fidel Castro, porque personalizar el proceso sería desvirtuar la continuidad de la lucha del pueblo cubano, que lleva más de ciento treinta años; estamos en el centenario de la guerra hispano-cubano-norteamericana. En ese sentido se forman ellos, y además en ese sentido se está trabajando. Cuesta esfuerzo porque la formación de valores hay que inculcarlos y eso no puede ser robotizado. Tú eres uruguayo y tú sientes devoción por Artigas aunque vivas en París o vivas en New York. Nosotros lo que hacemos es contribuir a eso desde nuestro ángulo, como sistema educacional. La familia hace su poco, la comunidad hace su otro poco y lo que nos ha llevado hasta aquí es esa unidad. Puede haber diferencias, puede haber hasta críticas, pero el proyecto social busca justicia con muy pocos recursos.
Continuamos nuestro camino de regreso hacia Santiago con la música del emulador de Roberto Carlos sonando una vez más. En el trayecto nos encontramos con varias sorpresas. Carlos nos preguntó si podíamos hacer un pequeño desvío porque tenía que levantar una encomienda para llevar a Santiago. Le dijimos que por supuesto. Entró en un pequeño poblado al costado de la ruta y se detuvo en una casita situada en una calle de tierra. Al cabo de unos veinte minutos de espera apareció con un tremendo cerdo sobre sus hombros que colocó en la maletera trasera del coche.
—Esto es pura calidad, criado artesanalmente —comentó riéndose.
Ante semejante espectáculo nos vino hambre a los tres y Carlos nos sugirió que podíamos parar en un pequeño restaurante de un amigo, que estaba a corta distancia. Era una casa a medio construir, paredes sin revocar, aberturas sin ventanas colocadas y unas diez mesas de lata en un patio abierto interior. Nada indicaba que aquello fuera un restaurante y sin embargo allí había otros clientes comiendo pollo al ajillo, pizza, hamburguesas y bebiendo cerveza. Un paladar completamente clandestino funcionando en una casa de familia. La comida fue muy respetable y el precio más que razonable. Una vez terminado el almuerzo Carlos desapareció en la casa vecina y reapareció al rato con un bidón de plástico cargado con veinte litros de gasolina para que el Moscovici llegase a Santiago. Aparentemente la gasolina no era del todo mala y tampoco estaba demasiado sucia, pero lo mejor era que costaba la mitad del precio de las estaciones oficiales. Con tres o cuatro chupadas adicionales para destapar la manguerita de nafta, todo anduvo bien. Está de más decir que los proveedores del chancho, del almuerzo y de la gasolina no deben de tener muchas pesadillas nocturnas sobre la cantidad de impuestos que pagan al fisco.
Unos kilómetros más adelante una chica extremadamente bonita nos saluda con la mano y Carlos detiene el auto haciéndole señas para que se suba. Era una maestra de escuela muy amiga que había terminado su jornada laboral y estaba esperando algún tipo de locomoción. La llevamos hasta su casa.
Carlos no desea emigrar, aun cuando no quiera saber de nada con el Partido Comunista y la revolución. Prefiere continuar rebuscándose en Cuba a desarraigarse de su contexto. Tiene una tía viviendo en Estados Unidos a la que podría visitar y que justo en ese tiempo se encontraba en Cuba, pero la posibilidad no lo tienta. Y no es de extrañar; ya que pocas veces presencié una demostración mayor de sociabilidad que la que ostentó en nuestro viaje a Bayamo: toda una red de contactos, amigos y conocidos a lo largo de cien kilómetros, entre quienes se ha desarrollado una economía informal completa. Esto es lo que hace subsistir a Carlos y buena parte de los cubanos; es uno de sus mayores capitales y un recurso de sociabilidad que debe de tener pocos paralelos en el mundo entero. No creo que sea exagerado afirmar que este país cuenta con una de las poblaciones de mayor sociabilidad en América Latina. Pero esa interacción intensa debe quedar confinada a la esfera privada, informal y no es bienvenida cuando pretende organizarse públicamente al margen y por fuera de la influencia estatal. Una situación bastante extraña, por cierto.
Al día siguiente Carlos nos recogió en el hotel para llevarnos al famoso fuerte militar llamado El Morro. El interés no era tanto ver ese fabuloso sitio histórico, sino poder tener una completa vista de la bahía de Santiago de Cuba desde la altura. Ambas cosas valieron la pena por igual. La antigua fortaleza del siglo XVII que cae a pique sobre la costa del Caribe es un viaje histórico incomparable, lleno de leyendas de piratas y corsarios, de ataques y batallas navales, de aventureros y resistencias españolas. Y desde ese mismo punto estratégico se obtiene la mejor vista en perspectiva de la costa de Santiago y su bahía. Desde esa altura uno no puede dejar de pensar en el potencial enorme de este país todavía semivirgen, tocado por la varita mágica de una naturaleza exuberante y además con una historia tan rica, colmada de hechos significativos por haber sido uno de los centros imperiales del nuevo mundo.
6. CUBA EN MIAMI
A finales de la década del sesenta habían llegado a Miami unos trescientos mil cubanos que se oponían al régimen comunista. Hoy los latinos en esa ciudad suman un millón trescientas mil personas y representan el 57% de sus habitantes. Ante esta avalancha de inmigrantes latinoamericanos, los norteamericanos blancos han optado por abandonarla.
Confieso que mi juicio sobre Miami no era el más positivo antes de llegar. Había estado allí brevemente en 1982 y en 1988 y consideraba a la ciudad una mezcla de tres cosas que me disgustaban: el lugar elegido por jubilados norteamericanos para jugar golf y pasearse en autos convertibles, el destino de los cubanos de extrema derecha expulsados por la revolución, y la meca de prepotentes turistas brasileños y argentinos ávidos de llenar sus maletas de aparatos electrónicos a bajo costo. Una semana en la ciudad fue suficiente para cambiar radicalmente mis prejuicios, originados en tiempos ya pasados y en el desconocimiento de la gran transformación de Miami. Ésta es verdaderamente interesante en varios aspectos, pero fundamentalmente lo es por la experiencia vivida por los latinoamericanos en este rincón del sudeste de los Estados Unidos.
Para finales de la década del sesenta la población cubana inmigrante ya se había duplicado, alcanzando casi seiscientas mil personas. En 1980 se produjo el famoso episodio de los marielitos, cuando Cuba abrió sus fronteras y decenas de miles de cubanos (entre ellos muchos presos, homosexuales y personas con problemas mentales) se lanzaron al mar desde el puerto de Mariel en cualquier cosa que flotara. La población latina de Miami volvió a explotar luego de los nuevos acuerdos migratorios de 1994 entre Cuba y Estados Unidos, y se estima que desde entonces han llegado unos 250 mil cubanos más. El último censo realizado en el 2000 registró 1.291.000 latinos viviendo en Miami.
Si bien es cierto que la principal impronta de esta población transplantada es la cubana, la afluencia latinoamericana ya no proviene sólo de ese país. Actualmente hay una enorme cantidad de nicaragüenses que han seguido un proceso similar al de los cubanos, emigrando primero por problemas políticos con la revolución sandinista y luego por dificultades económicas. En este momento están llegando muchos venezolanos asustados por lo que pueda hacer el impredecible Chávez, y los capitales trasladados desde ese país a Miami suman ya varios cientos de millones de dólares. También arriban colombianos hartos de violencia, secuestros y miedo. La mezcla todavía no se termina: hay que agregarle un gran contingente de emigrantes de Haití, República Dominicana, Honduras, Brasil, Argentina y prácticamente de todos los países latinoamericanos. Las tres migraciones más numerosas han originado tres barrios bien diferenciados de la ciudad llamados La Pequeña Habana, La Pequeña Managua, y El Pequeño Haití.
Victor López, director del liceo estatal Miami Senior High School, ubicado en la calle 1 al suroeste, en una zona que antes era parte de La Pequeña Habana y hoy es llamada La Pequeña Managua, expresa la transformación de la siguiente manera:
—Cuando yo era estudiante en este liceo la mayoría eran judíos, cuando volví de maestro había mayoría de cubanos, y hoy predominan los nicaragüenses. Pero también siguen siendo muchos los cubanos y se han incorporado masivamente los hondureños; tenemos bolivianos, chilenos, peruanos, dominicanos. Tenemos las Naciones Unidas entera aquí dentro. Es una enorme mezcla a la que nos referimos como el paso de La Pequeña Habana a La Pequeña Centroamérica.
Lopez era un niño cuando llegó de Cuba en 1961, se recibió de maestro y fue el trompetista durante siete años de la Miami Sound Machine, una de las mejores y más famosas bandas latinas. Actualmente se siente mitad norteamericano y mitad cubano y quizás por ello le quitó los dos tildes a su nombre. Incluso durante la entrevista dudó varias veces cómo se decían algunas palabras en español, acostumbrado a usarlas con más frecuencia en inglés; no por casualidad una de ellas fue globalización.
De los tres mil alumnos matriculados en este liceo, setecientos treinta y cuatro están aprendiendo inglés por primera vez en su vida. A este problema debe sumarse la gran heterogeneidad educativa de los muchachos, que depende fundamentalmente del nivel socioeconómico y del país del que provienen. Muchos de ellos trabajan entre treinta y cuarenta horas a la semana y algunos residen en apartamentos de dos dormitorios donde pueden llegar a vivir hasta nueve personas. A veces los jóvenes se creen más norteamericanos que sus padres, hablan mejor el inglés, adoptan estilos de vestir diferentes y valores morales conflictivos con los de su familia.
—Esto no es un problema de ellos solamente, pues los Estados Unidos en general han sufrido un deterioro ético y moral acelerado en los últimos años a nivel familiar y político —sostiene Lopez.
Pero a diferencia de lo que ocurrió con otras inmigraciones que tendieron a asimilarse rápidamente a las costumbres norteamericanas, los latinos han logrado mantener su identidad, costumbres y lenguaje. Eso es lo que le ha dado su impronta singular y la fuerza para trabajar y triunfar económicamente ante condiciones adversas.
No sólo demográficamente Latinoamérica vive en Miami. También se dice que esta ciudad es la capital latinoamericana por otras dos razones. Según algunos analistas la mayor parte de las grandes transacciones comerciales de América Latina se realizan a través de bancos y operadores financieros radicados allí. Además es un centro geográfico entre países centroamericanos y sudamericanos porque buena parte del tránsito aéreo debe hacer una escala allí antes de llegar a destino.
Una frase jocosa y popular condensa de manera muy gráfica parte de lo que ha sucedido en las últimas décadas: “El último norteamericano que salga de Miami, apague la luz”. Frente a esta avalancha inmigratoria que prácticamente ha tomado posesión de la ciudad, los norteamericanos blancos la abandonan velozmente. Hace treinta años había casi ochocientos mil, hoy no llegan al medio millón. En una carta publicada en el diario Miami Herald del 20 de enero de 1989 titulada “Los refugiados nicaragüenses: lo que siente la comunidad” aparece con mucha claridad una de las razones por las que se van: “La mayoría de las grandes civilizaciones fueron derrotadas por los –‘bárbaros’ de su época. La conquista militar sobre sus vecinos ricos fue precedida por invasiones insidiosas de tal magnitud que destruyeron la fibra social de sus anfitriones. Esta nueva ola inmigratoria en Miami es sólo el comienzo; hay 400 millones más de latinoamericanos tan desesperados como los nicaragüenses”.
La situación de los negros norteamericanos es diferente. Generalmente esta población empobrecida no tiene los recursos para irse de la ciudad y crece demográficamente. Ubicada en Liberty City, uno de los barrios más humildes de Miami, la comunidad negra también ha tenido sus rispideces con los latinoamericanos, y aún no ha logrado entender las razones de su tremendo éxito económico.
Los blancos norteamericanos abandonan la ciudad para no tener que soportar la barbarie latina pero, paradójicamente el viernes 25 de mayo de 2001 desembarcaron en un solo barrio, Miami Beach, 250 mil turistas. Esta cifra descomunal para un solo fin de semana se debió a que en esos días coincidieron un feriado largo y varios eventos que habían sido promocionados en diferentes partes del país, como Nueva York y Los Ángeles, para atraer el turismo de jóvenes negros con dinero. Lo lograron con tanto éxito que el desenlace fue caótico: las instalaciones fueron desbordadas y muchas sufrieron daños materiales importantes. Estuvimos allí por la noche y la situación era inverosímil. Decenas de miles de autos paralizados en el tránsito, radios a todo volumen, calles colmadas por los muchachos, gritos, alcohol, baile y cámaras de video. Al día siguiente parte de la prensa blanca hablaba del comportamiento bárbaro de los negros norteamericanos. Algunos llegan, otros se van.
—¿Cómo viven los muchachos esa doble referencia cultural? ¿Se sienten más de su país de origen? —le preguntamos a Lopez.
—Yo soy ciudadano americano, y soy lo que le dicen Cuban-American, yo vivo una vida bastante buena en ese sentido porque cuando quiero puedo ser americano y cuando quiero puedo ser cubano. Entonces soy de las dos culturas y juego con eso. Y muchos de nosotros hacemos eso, porque en realidad yo vine a los nueve años de Cuba aquí, así que en realidad soy más americano que cubano, pero debido a la fuerza de la familia mía, de no incluirse enseguida en la sociedad americana, hemos mantenido las raíces cubanas. Y estamos viendo más de esto hoy en día que antes. Antes, por ejemplo, cuando los italianos vinieron a este país, los padres querían que los hijos se asimilaran al país y que hablaran inglés. Sin embargo, con los hispanos ha sido una cosa diferente, se han mantenido las tradiciones familiares.
Junto a Lopez se encontraba la secretaria del liceo y también nos contó su propia experiencia:
—Yo tengo cuatro hijos, tres nacidos en Cuba y uno aquí. Las tres hembras que nacieron allá están casadas con hombres norteamericanos y tienen hijos en Estados Unidos y, sin embargo, en sus casas se come frijoles, mis yernos son expertos en hacer ropa vieja, la típica comida cubana, y aparte de eso han realizado un esfuerzo grande, a pesar de vivir en Miami, para que mis nietas aprendan español. La de quince años el otro día me dice “yo debo tener un español muy malo”, pero tengo que saberlo porque yo soy cubana, “and she’s only _ cubana”, un cuarto cubano nada más, pero le queda algo aunque hable mal el español. El niño es bien americano en cuanto a que le gusta la libertad americana, pero a la vez tira hacia sus raíces. Ahora hay incluso cierto orgullo, que hace treinta años no existía, respecto a sentirse parte de la comunidad mexicana, la comunidad francesa, la comunidad española, todas las cuestiones étnicas se han puesto populares y a todo el mundo le da orgullo.
—Uno ve, por ejemplo —dice Lopez— que un niño que haya nacido en este país es legalmente americano, pero se siente más hispano que americano, por la familia. Ahora, el problema es que hemos hablado siempre de Miami, y Miami es un lugar especial. Aquí si un estudiante no quiere hablar inglés puede vivir en Miami el resto de su vida y no tendrá problemas porque habla español; hoy en día puede ir a comerse una comida adonde quiera y todo está aquí, y el problema que tenemos es que queremos que nuestros alumnos salgan de Miami, que experimenten, que vean qué es lo que está pasando en el resto de la nación. Que vean la globalización que existe hoy en día, que puedan expandirse. El miedo que tenemos actualmente es que llegan y se acomodan en Miami y después no van a ningún otro lado.
—Ahora nosotros tenemos una alianza con la universidad de la Florida que ha sido extremadamente provechosa para nuestros muchachos y para nuestros estudiantes —agrega la secretaria—. Hace dos semanas cinco de nuestros estudiantes ganaron becas completas para ir a estudiar allí y se les hizo una despedida y los llevamos a almorzar. Entonces yo me di cuenta de que había algo extraordinario con los padres de Marylin, una de las chicas que se iba; estaban tirando muchas fotos y yo les veía en la cara que tenían miedo. Porque acuérdense que a nosotros los hispanos no nos gusta dejar ir a la niña. Yo misma trabajé en la Universidad de Miami para que se quedaran y no se fueran, no me gustaba que las chiquilinas se me fueran a los dieciocho años a ninguna parte, y las mantuve, por lo menos trabajando yo allí, porque iban gratis a la Universidad de Miami y no me podían decir que no. Después cuando fueron a la escuela de leyes ya estaban más grandes, pero a mí, y soy bastante americana, no me agradaba. Entonces les hablé a los padres de Marylin acerca de mis hijas, y ellos, que son cubanos que han llegado no hace mucho tiempo, se tranquilizaron un poco, porque la gente de la Universidad de la Florida les hablaba bonito pero en inglés y les daba un susto grande. Les recomendé que fueran cuando tienen las visitas a la escuela y los padres de Norma, otra chica que ya había ido, les dijeron que ya se sentirían mejor porque cuando a ellos se les fue la hija estaban aterrorizados y ahora estaban nada más que asustados.
Lopez asiente con vehemencia y continúa:
—Y eso no solamente sucede con las hembras, lo mismo ocurre con los varones. Yo mismo cuando fui a la Universidad de la Florida y le dije a papá que iba a estar viviendo allí fue como un drama, porque los hispanos somos muy familiares. En este sentido hay una enorme diferencia con la sociedad de este país: aquí se separan y dejan que el hijo se independice a una edad bien temprana en su vida. Vaya, yo mismo estuve viviendo en mi casa hasta los treinta años cuando me casé. Algunos dicen que fue por conveniencia —dice riéndose— porque mi mamá cocinaba bien, y la camisa planchadita, y entonces uno aprovecha, pero la verdad es que somos muy familiares. Hay un miedo de dejar a nuestros hijos ir a la universidad y por eso se acomodan aquí y no se dan las oportunidades que hay vigentes, muchas veces ellos no las cogen.
—Las generaciones cambian —reflexiona la colega de Lopez—. Mi madre me critica a mí qué clase de madre soy yo, y qué hijos tengo yo, porque tengo un hijo en Nueva York. “¿Tú crees que tus hijos te quieren a ti, que se pasan tres meses sin verte?”, me dice.
—En los países latinoamericanos, en Cuba, nosotros vivíamos frente de la familia de Martín Pérez, todos tenían una manzana completa y vivían juntos. Aquí en los Estados Unidos, uno puede vivir en Washington, otro en Iowa, otro en Miami, en California, y entonces se reúnen de vez en cuando, pero se independizan más —dice Lopez.
—Yo les entiendo, porque es parte de mi vida, pero para mi madre eso es una cosa bastante incomprensible. Ella tiene su mentalidad de que hay una obligación porque, como dice Lopez, en La Habana, donde yo vivía, todos mis primos vivíamos a corta distancia y podíamos visitarnos caminando, yo iba a casa de mis abuelos todos los días. Era una cosa que la gente se sentaba frente a la casa, en el portal, después del trabajo, conversaban, es una vida distinta. Y ahora, no.
—Si tuvieran que mencionar las causas más importantes, ¿a qué le atribuirían el éxito de la comunidad cubana aquí en Miami?
Lopez es el primero en responder.
—Una de las cosas que yo siempre digo es que la comunidad cubana en Miami, el grupo ése que vino primero, fue un grupo que en Cuba eran personas eminentes, trabajadoras, eran personas de alta sociedad. Cuando vinimos a este país encontramos que todas las trabas, todo lo que tuvimos que pasar nosotros, iba a ser momentáneo porque ya sabíamos dónde queríamos ir, porque habíamos estado ahí. Entonces trabajamos duro para llegar otra vez. Ésta es una diferencia grande respecto a muchos de los inmigrantes que han venido después, porque no han tenido nada en el pasado y no tienen el mismo aliciente. El cubano de por sí es trabajador y quiere echar para adelante, y en el echar para adelante a veces cortan por aquí y cortan por allá, y a veces se meten en problemas. Yo mismo, por ejemplo, al llegar a este país era el único cubano en la Universidad de la Florida que estaba en el programa de música y y sabía que, como era el único, tenía que superarme. No podía dejar que las personas dijeran, no, éste es cubano... Para mí eso era como un challenge. De por sí el cubano es trabajador, y también charlatán a veces.
—La educación fue clave. Por ejemplo, mis hijos siempre dicen que a ellos nunca les preguntaron si iban a ir al college o qué iban a estudiar cuando llegaran al college. Y la chiquita sabía desde que tenía nueve años que ella iba a ser médico igual que su tío, y médico es. Cuando yo llegué a New Jersey, sin un centavo, no tenía siquiera juego de sábanas, pero busqué el mejor colegio donde pudiera mandar a mis hijos porque eso era importante. Lo mismo que a mí me hicieron, lo hice yo. Clase de ballet, clase de música, lo que a mí me hicieron en mi vida, yo se los hice a mis hijos. Y mis hijos se lo están haciendo a mis nietos. Yo misma fui al college a pulmón, con tres niños chiquitos. Y terminé y estudié y seguí estudiando porque no podía concebir que fuera yo la que rompiera la tradición de mi familia. Mi abuela era profesora universitaria, mi madre era abogado, mi padre era abogado.
—En mi caso —dice Lopez— yo escuché mucho decir que este país es muy duro, aquí hay que salir para adelante, aquí hay que estudiar, aquí hay que hacerse algo en la sociedad y no se sabe si vamos a volver a Cuba. Por años fue así: ya el año que viene volvemos a Cuba que Fidel se cae, y Fidel se ha estado cayendo por cuarenta y pico de años. Nosotros sabemos que algún día se tiene que caer, pero no se sabe todavía. Puede durar diez años más, que cinco, que dos, que uno, que se muere hoy mismo. Pero nadie sabe. Y entonces yo fui el primero en mi familia en graduarme en una universidad. Mi papá tuvo educación nomás hasta séptimo u octavo, que era bastante en aquellos tiempos en Cuba.
—Yo he oído mucho de familias cubanas que no eran de plata que les decían a los niños: “Acuérdate que en este país hay que tener papelito”, ésa es la palabra que decían. “Aquí no se llega a nada, si no tienes el papelito”. Y entonces les decían: “Mira, yo era mecánico en Cuba y aquí no puedo pasar el examen porque no tengo el idioma, y aquí hay que tener el papelito”. Esa palabra “papelito” la oí mucho yo. Y usted lo oía de plomeros y de gente que no tenía buena posición. Hay un dicho en inglés que dice que “success brings success”. Y en realidad, cada nuevo grupo de cubanos que ha llegado y ha visto que los anteriores tuvieron éxito, quiere tener éxito también. Como dice Mr. Lopez unos trabajando duro y otros cortando las esquinas, pero “success brings success”. Y eso ha pasado.
—Yo pelé camarones, vendí periódicos ahí al lado, donde se jugaba fútbol americano, limpié cuartos en Miami Beach con mi mamá, y así uno aprende que eso es lo que uno no quiere hacer, uno quiere superarse. Pero eso no era lo que nosotros hacíamos en Cuba y entonces decíamos que esto iba a ser momentáneo. Pero se pasó por esa etapa y tuvimos que trabajar duro para llegar adonde estamos, y todavía se continúa. Porque no es una cosa que nosotros trabajamos y después ya paramos.
—¿Eso los distingue a los cubanos de otras emigraciones de otras nacionalidades?
—Sobre todo porque la primera emigración no fue una emigración económica, fue una emigración política. Y por la emigración política, lo estamos viendo ahora, por ejemplo con Venezuela, llegan personas que realmente económicamente están bien. Yo he visto que vienen también colombianos. El terrorismo es un problema de Chávez, y yo hoy oí en el radio que los capitales de Venezuela están viniendo a Miami en una forma extraordinaria, que en lo que va de este año llegaron como ochocientos millones de dólares.
—Volvamos a los muchachos, ¿cómo piensan ustedes que los muchachos viven la situación política con respecto a Cuba? ¿Están interesados en el tema o ya no?
—Ellos se reflejan en lo que pase en el hogar —responde Lopez—. Depende si la mamá y el papá les enfocan el asunto. Por ejemplo la casa de Elián está aquí, a un par de cuadras, y tuvimos helicópteros por aquí y Elián se convirtió en un tema en muchos hogares, sobre todo de los cubanos. Aquí no tuvimos mucho impacto en la escuela, porque la mayoría de los muchachos ya no son los cubanos, pero seguro que en las escuelas donde la mayoría de los muchachos son cubanos eso se hablaba muy abiertamente en la clase.
—Aquí hubo sus peleítas, aquí hubo unas cuantas discusiones —confiesa ella—. Pero pasó una cosa muy curiosa: los muchachitos nicaragüenses estaban del mismo lado de los cubanos. Increíblemente, cuando usted caminaba por los recreos se encontraba con varios de los muchachitos nicaragüenses del lado de los cubanos porque su papá había tenido problemas durante los sandinistas y por lo tanto no hubieran querido que a ellos se los llevaran para Nicaragua. En las discusiones en las clases los cubanos y los nicaragüenses estaban de un lado y el resto no tenía esa empatía. Y, cuando usted me habla de la parte política, también depende de cuándo vinieron de Cuba. Nosotros tenemos algunos nuevitos ahora, acabados de llegar, que al principio tenían ideas extremadamente de izquierda. Cuando llegan aquí, las primeras veces, ellos discuten que aquí la salud no es gratis, que aquí todo cuesta muy caro. O sea, hay un período de adaptación, sobre todo en el cubanito acabado de llegar. Hay niños que, de verdad, no han estado expuestos a nada más que a la propaganda de ese régimen y llegan aquí y pasan trabajo.
—¿Es fuerte el problema de las drogas entre los muchachos? ¿Va aumentando?
—Existe, y como director de escuela no puedo mentir y todos los directores en sus escuelas tienen problemas de droga; el mundo completo tiene problemas de drogas y siempre estamos apuntándonos el dedo el uno al otro, que quién tiene la culpa, si el que la produce o el que la consume, que esto y que lo otro. Hay problemas aquí; yo digo que los muchachos se han sofisticado más en el uso de la droga, antes lo hacían más a lo descarado pero ahora los muchachos son más adultos en cómo la usan. Y el tipo de droga que cogen. Aquí en el Miami High yo no diría que es un problema grande, aunque hemos tenido problemas de disciplina con estudiantes que han estado tratando de venderle marihuana a otros muchachos. A veces es para coger dinero para poder pagar un ticket para ir a una función o algo de eso, ¿no?, lo que sea. Pero en las comunidades donde hay más dinero se ve un poquitico más de eso. Aquí el muchacho no es afluente, entonces no tiene...
-No somos buen negocio para los dealers. Les conviene pararse delante de otras instituciones donde hay chiquitos que tienen veinte y treinta y cuarenta dólares en el bolsillo; aquí hay veces que no tienen ni cinco dólares. No es que los nuestros sean mejores que los otros, quizás tienen menos oportunidades de comprarla que los que están en otro nivel social. Yo diría que es un problema de la sociedad, pero dentro de la escuela, gracias a Dios, no hemos tenido mucho problema. Claro que de vez en cuando aparece, pero no es uno de los principales problemas que tenemos.
7. EL DIÁLOGO POSIBLE Y NECESARIO
Poco tiempo después que el creador de la Fundación Nacional Cubano-Americana, Jorge Más Canosa, muriera en 1997, su hijo Jorge Más Santos y Joe García asumieron el liderazgo. Estos dos nuevos dirigentes no solamente representan a una generación mucho más joven que la anterior, sino que también han abierto la ventana de la organización para que entre nuevo aire y se ventilen las posturas más reaccionarias de la vieja guardia. Los principios que ahora parecen pautar la estrategia no son más los de oponerse inflexiblemente a Cuba, mantener el embargo, desestimular los contactos con el gobierno actual o ignorar los espacios de disidencia dentro de la isla. Al contrario, el propio Más Santos ha expresado públicamente que estaría dispuesto a discutir una transición democrática con algunos líderes del gobierno cubano.
Una transición de régimen, por definición, es una instancia en la cual las partes involucradas deben ceder algo para conseguir algo. Es un momento político en el que todavía rigen las normas del sistema anterior junto con las nuevas que la oposición logra introducir. Una transición es un contexto híbrido con elementos del viejo gobierno que se yuxtaponen con las nuevas reglas que viabilizarán la apertura democrática. América Latina ha cosechado una gran experiencia sobre transiciones durante la redemocratización de regímenes autoritarios en la década de los ochenta y noventa. Tal vez la mayor lección de esta experiencia es que, cuando las partes pretenden inflexiblemente conquistar el cien por ciento de sus reivindicaciones, muchas de ellas asociadas a principios que parecen innegociables, el proceso se detiene o revierte.
Así ha sucedido, por ejemplo, con el tema de las violaciones de los derechos humanos por parte de los militares, a quienes a regañadientes se los ha amnistiado o se les ha facilitado caminos para que no comparezcan ante la justicia. Otro hecho común fue la necesaria aceptación del veto sobre determinados candidatos o partidos políticos a los que en una primera instancia se les impidió participar. La mayoría de las veces la salida electoral fue imperfecta, incompleta y no totalmente democrática. Y el sector que tenía el poder, generalmente los militares, continuó manteniéndolo por un tiempo importante, aunque a cambio de renunciar a decidir sobre los destinos principales del país.
Pues bien, en el caso cubano las posturas parecen ir, muy lentamente, flexibilizándose en esta dirección. Del lado de Miami ya no es todo o nada. Ya no se hace de la devolución de las propiedades y tierras confiscadas por la revolución a los exiliados una bandera innegociable. Ya se percibe la necesidad de comenzar un diálogo con miembros del gobierno a los que necesariamente no se los puede continuar viendo como satanases, sino como personas con algo de sensatez. Y finalmente se ha decidido que vale la pena apoyar al nuevo proyecto opositor surgido dentro de Cuba, el Proyecto Varela, que procura por medios pacíficos y moderados una mayor apertura democrática. La línea dura de Miami, en cambio, es inflexible en todos estos aspectos: no dialoga con los comunistas, afirma que la indemnización y devolución de la propiedad es un derecho absoluto de los exiliados, fomenta el embargo completo por parte de Estados Unidos y ni siquiera respalda a la oposición pacífica dentro de Cuba porque ello, según esta perspectiva, termina legitimando a Castro. Estas dos visiones han generado una fractura en el frente político de Miami y varios líderes históricos incluso llegaron a irse de la propia Fundación.
Claro, no alcanza con que exista solamente una parte interesada en dialogar y flexibilizar reivindicaciones. Como en el tango, se precisan dos para bailarlo. Las señales políticas del gobierno cubano, no así las económicas, parecen ser menos luminosas, aunque también las hubo en ese sentido. Una de las más importantes fue la presencia del ex presidente Jimmy Carter en suelo cubano en el mes de mayo de 2002. A Carter se le dio acceso completo a la televisión para que transmitiera su mensaje y a través de éste puso en conocimiento del pueblo cubano la propuesta presentada por Oswaldo Payá a la Asamblea Nacional para que llame a un referéndum. El Proyecto Varela, tal como se lo conoce en honor al sacerdote cubano del siglo XIX Félix Varela, que propiciaba la liberación de esclavos, fue firmado por más de diez mil cubanos y tiene como objetivo abrir el juego político a la oposición. Sus propuestas concretas incluyen la libertad de asociación, de expresión y de propiedad económica, una amnistía para los presos políticos y nuevas reglas electorales. El propio Payá es actualmente un empleado en el estado cubano y promueve un cambio pacífico y moderado al que se han sumado todos los otros grupos opositores dentro de Cuba. En parte de su discurso en la Universidad de La Habana, publicado en el diario Granma, Carter le dijo al pueblo cubano: “No sé qué es lo que va a suceder con el Proyecto Varela, que usted (se refiere a uno de los estudiantes que intervinieron) dijo que era una ignominia y que realmente insulta el nombre del recuerdo del sacerdote, pero creo que sería interesante que sus oficiales y funcionarios pudieran publicar la totalidad de este documento en el periódico Granma. Publiquen las personas que han presentado su firma para ello, permitan que exista un abierto debate en Cuba. Me encantaría ver, por ejemplo, que exista la posibilidad de un referéndum para saber si la gente de Cuba está de acuerdo con estos diez mil ciudadanos o está en desacuerdo; podría ser que la mayor parte de los cubanos esté en desacuerdo, y creo que el mundo vería esto con gran admiración”. Además de permitir la publicidad del Proyecto Varela, el gobierno cubano realizó otros movimientos anteriores para acercarse a un sector de exiliados en Miami nucleados en torno a la organización Cambio Cubano, liderada por Eloy Gutiérrez Menoyo, un cubano que pasó 22 años preso en la isla y que actualmente promueve la transición pacífica. Es cierto, de ello no salieron demasiados frutos.
Tal vez más importante que los posibles diálogos entre cúpulas de dirigentes sea el cambio de actitud entre las dos partes de la población de la dividida nación cubana. Al comienzo de la revolución, como sostiene uno de nuestros entrevistados, el mero hecho de tener familiares en Miami ya era suficiente para ser definido como gusano. Hoy la cantidad de cubanos que subsisten gracias al dinero que les mandan desde Miami es enorme. Los primeros exiliados en llegar a Estados Unidos definieron un estilo de hacerle oposición a la revolución extremadamente reaccionario y tan conservador como el radicalismo que denunciaban. Hoy el exilio cubano es mucho más variado y abierto y la generación de recambio ha percibido con acierto que debe embarcarse en la búsqueda del diálogo ahora, si es que se quiere crear, para cuando Castro ya no esté, la posibilidad real de que un mismo pueblo dividido pueda reencontrarse consigo mismo.

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